Durante buena parte de 2026, el peso mexicano mantuvo una de las historias de éxito más relevantes entre las monedas emergentes. Sin embargo, las últimas semanas han recordado a empresarios, tesoreros y directores financieros una verdad fundamental de los mercados: la estabilidad cambiaria nunca es permanente.
Septiembre marcó un punto de inflexión para el tipo de cambio. Después de operar cerca de los mínimos del año, el peso experimentó una depreciación acelerada que lo llevó temporalmente por encima de las 18 unidades por dólar, nivel que no se observaba desde finales de 2025. De esta manera, la moneda mexicana registró su peor desempeño mensual desde 2024, presionada por factores externos que modificaron drásticamente las expectativas de los inversionistas.
El detonante principal fue la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos de elevar nuevamente su tasa de interés, mientras Banxico decidió mantener sin cambios la tasa de referencia. Esta combinación redujo el diferencial de tasas entre ambos países, uno de los factores que durante años había favorecido la entrada de capitales hacia instrumentos denominados en pesos.
Cuando el diferencial de tasas disminuye, el atractivo del llamado “carry trade” se reduce. En otras palabras, los inversionistas internacionales reciben un menor premio por asumir exposición al peso mexicano. El resultado suele traducirse en ajustes rápidos de portafolio, fortalecimiento del dólar y episodios de volatilidad cambiaria.
Sin embargo, sería un error interpretar el movimiento reciente como una señal de debilidad estructural de la economía mexicana. Los fundamentos que han respaldado al peso durante los últimos años siguen presentes. México continúa beneficiándose de una intensa integración comercial con Estados Unidos, flujos robustos de inversión vinculados al fenómeno de relocalización de cadenas productivas y un sistema financiero que mantiene condiciones de estabilidad.
Lo que estamos observando es más bien una normalización de expectativas después de un periodo prolongado de fortaleza cambiaria.
Para los tesoreros corporativos, este episodio ofrece varias lecciones importantes. La primera es que la velocidad de los movimientos importa más que el nivel del tipo de cambio. Pasar de $17 a $18 pesos por dólar puede parecer un ajuste moderado dentro de una perspectiva histórica, pero cuando ocurre en pocas semanas tiene efectos relevantes sobre presupuestos, márgenes operativos, costos de importación y valuación de posiciones financieras. Diversos analistas han insistido recientemente en que la preocupación no debe centrarse exclusivamente en el nivel alcanzado por el dólar, sino en la rapidez con la que ocurren los ajustes.
La segunda es que la volatilidad probablemente seguirá acompañándonos durante los próximos meses. Los mercados continúan ajustando sus expectativas sobre la trayectoria futura de las tasas de interés en Estados Unidos, mientras persisten preocupaciones relacionadas con la inflación global, los precios de la energía y diversos focos geopolíticos internacionales.
¿Qué podemos esperar para el cierre de 2026?
Aunque las estimaciones han comenzado a revisarse al alza respecto a los niveles observados durante el verano, el consenso del mercado todavía apunta a un escenario relativamente estable. Una encuesta de analistas publicada recientemente ubica el promedio de expectativas para finales de año alrededor de $17.54 pesos por dólar, con rangos que oscilan entre 17 y 18 pesos.
No obstante, las cifras recientes sugieren que el mercado seguirá reaccionando de manera sensible a cualquier señal proveniente de la Reserva Federal o de Banxico. La reducción adicional del diferencial de tasas podría generar nuevos episodios de presión sobre el peso, particularmente si el entorno global mantiene un sesgo de aversión al riesgo.
Hacia 2027, la conversación cambia ligeramente de enfoque. Más que preguntarnos dónde estará exactamente el tipo de cambio, la pregunta relevante es cuál será el nuevo equilibrio entre crecimiento, inflación y tasas de interés. Las expectativas recopiladas por Banxico muestran un consenso que contempla niveles promedio cercanos a $18 pesos por dólar durante el próximo año, reflejando una moneda menos fuerte que la observada durante gran parte de este ciclo, pero todavía muy lejos de los episodios de estrés observados en otros periodos de la historia reciente.
En este contexto, la recomendación para empresas y tesorerías es clara: sustituir la expectativa por estrategia. Tratar de adivinar el próximo movimiento del dólar es una tarea extraordinariamente compleja. En cambio, construir políticas de cobertura, diversificar fuentes de financiamiento y realizar escenarios de sensibilidad cambiaria sigue siendo la mejor herramienta para gestionar la incertidumbre.
La volatilidad reciente nos recuerda que el mercado cambiario puede cambiar de dirección con rapidez. Para quienes administran liquidez, deuda o flujos de comercio exterior, el objetivo no debe ser anticipar cada movimiento del peso, sino desarrollar la capacidad de navegar exitosamente cualquier escenario.
Después de todo, en mercados financieros, la ventaja competitiva rara vez proviene de predecir el futuro. Proviene de estar preparado para él.
Por Carlos Alberto González Tabares / Director de Estrategia Comercial [email protected]/ @carlosgtabares





