En las últimas semanas, el entorno económico mexicano ha reforzado una narrativa compleja: mientras los indicadores de estabilidad financiera se mantienen sólidos, emergen señales estructurales que elevan el nivel de cautela para las empresas, tesorerías e inversionistas.

Banco de México ha reiterado que el sistema financiero nacional continúa siendo resiliente, pese a la volatilidad internacional derivada de tensiones geopolíticas y ajustes en los mercados energéticos. Sin embargo, esta estabilidad convive con una desaceleración económica relevante y, más importante aún, con un deterioro en la percepción de riesgo país.

La economía mexicana ha mostrado una desaceleración significativa en la primera mitad del año, tras un cierre más dinámico en 2025. Esto se traduce en una menor tracción de la demanda interna y mayor presión sobre flujos operativos empresariales. Los estimados más recientes señalan un crecimiento para la economía mexicana para todo 2026 cercano al 1.1% con seso a la baja si persisten choques externos.

En contraste, la inflación ha ofrecido un respiro relativo al moderarse hacia niveles cercanos a 3.94% anual, regresando al rango objetivo de Banxico. Sin embargo, la persistencia de componentes subyacentes sugiere que el proceso de convergencia será gradual y vulnerable a choques externos, particularmente en energéticos y alimentos.

Este balance ha llevado al banco central a pausar su ciclo de recortes, manteniendo condiciones monetarias aún restrictivas en términos reales.

A este entorno se suma la inminente revisión del T-MEC, cuyo proceso formal arranca el 1 de julio. En semanas recientes, México y Estados Unidos han avanzado en rondas de negociación donde se han abordado temas estratégicos como reglas de origen, industria automotriz, agricultura y seguridad económica. El desenlace de esta revisión es crucial. Existe la posibilidad de extender el tratado por 16 años adicionales, pero también un escenario donde continúe con revisiones periódicas en medio de tensiones políticas, particularmente en Estados Unidos.

Para el sector empresarial, esto introduce un componente de incertidumbre estructural en decisiones de inversión, relocalización productiva y planeación de cadenas de suministro.

Por otra parte, el comportamiento del peso ha evidenciado la dualidad del entorno: fortaleza en momentos de liquidez global y presión en episodios de aversión al riesgo. Esto confirma que, más allá de los fundamentales internos, México continúa siendo altamente dependiente de flujos internacionales de capital, lo que amplifica la volatilidad en contextos de incertidumbre global.

Hacia adelante, la segunda mitad del año se perfila como un periodo determinante para definir la trayectoria económica de México en el mediano plazo.

En el frente macro, es previsible un crecimiento moderado, condicionado por la debilidad de la demanda interna y un entorno externo menos favorable. La expectativa de tasas dependerá de la consolidación del proceso desinflacionario, aunque el margen para recortes agresivos parece limitado ante riesgos externos y fiscales.

Desde la perspectiva de riesgo país, la gran variable será la evolución de la percepción crediticia. Cualquier deterioro adicional en la disciplina fiscal o en el balance de Pemex podría detonar ajustes en la calificación o en las primas de riesgo, con efectos inmediatos sobre el costo de financiamiento.

En paralelo, la revisión del T-MEC se convierte en el principal evento estructural del año. No se trata únicamente de la continuidad del tratado, sino de las condiciones bajo las cuales operará la integración regional en los próximos años. Sectores como el automotriz, manufactura avanzada y agroindustria serán particularmente sensibles al resultado.

Adicionalmente, el entorno global seguirá marcado por volatilidad en energéticos, tensiones geopolíticas y ajustes en la política monetaria de economías desarrolladas, factores que incidirán directamente sobre el tipo de cambio y los flujos de capital.

Ante este escenario, el segundo semestre exige una gestión mucho más activa y anticipatoria: como priorizar liquidez, ante un entorno de menor crecimiento; reevaluar estructuras de deuda, considerando posibles incrementos en spreads soberanos; fortalecer coberturas cambiarias y de insumos, ante escenarios de volatilidad persistente; incorporar escenarios del T-MEC en la planeación estratégica, particularmente en sectores exportadores; y ajustar criterios de inversión, privilegiando proyectos con rápida generación de flujo y menor exposición regulatoria.

México no enfrenta un escenario de crisis, pero sí un punto de inflexión. La combinación de presión fiscal, revisión del marco comercial y desaceleración económica redefinen las reglas del juego. Para los tomadores de decisión, el reto no será reaccionar al entorno, sino anticiparlo.

Por Carlos Alberto González Tabares

Director de Análisis Económico Cambiario y Bursátil de Grupo Financiero Monex

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