México enfrenta una decisión estratégica: seguir importando oxigenantes fósiles o construir un mercado nacional de etanol con reglas claras, inversión y capacidad productiva. Cada año sin definición regulatoria prolonga la dependencia, eleva los costos y amplía el rezago tecnológico.

México sostiene su mercado de etanol carburante casi exclusivamente con importaciones oficiales de Estados Unidos. En 2025 ingresaron 276.2 millones de litros, según la EIA, frente a una demanda nacional de gasolina estimada por SENER en 133.9 millones de litros diarios. El volumen anual importado equivale, por sí solo, a poco más de dos días de consumo nacional de gasolina. Si se utilizara íntegramente en una mezcla E5.8, podría combinarse con aproximadamente 4,485 millones de litros de gasolina para producir cerca de 4,761 millones de litros de combustible mezclado, volumen equivalente a alrededor de 9.7% de la demanda anual de gasolina. El principal obstáculo no es solo la disponibilidad del insumo, sino también un marco regulatorio que limita la mezcla a 5.8% e impide avanzar hacia concentraciones E10 o superiores, ampliamente adoptadas en otros países.

La producción nacional es marginal. Las instalaciones de La Gloria y San Nicolás, ambas en Veracruz, aportan en conjunto alrededor de 120,000 litros diarios, una escala insuficiente para reducir la dependencia externa. Otros proyectos anunciados, como el de Tamaulipas, aún no entran en operación. En consecuencia, el mercado mexicano depende de un flujo importado estable, pero limitado frente al consumo nacional.

El origen del etanol es central en la discusión energética. A diferencia de los componentes fósiles de la gasolina, se obtiene de biomasa, como caña, melaza, maíz o sorgo, mediante molienda, sacarificación, fermentación y destilación. La reacción puede resumirse como “C6H12O6 → 2 C2H5OH + 2 CO2”. Por cada 100 gramos de glucosa se obtienen 51 gramos de etanol y 49 gramos de CO2. Como el proceso es biológico y no petroquímico, su carbono procede de biomasa reciente, no de reservas fósiles acumuladas durante millones de años. Esta diferencia explica parte de su ventaja ambiental y su utilidad como oxigenante.

El MTBE, oxigenante utilizado de manera predominante en México, es de origen fósil. Se produce mediante la síntesis catalítica de metanol, derivado del gas natural, e isobuteno, proveniente del corte C4 de refinería. México importa entre 7.9 y 14.8 millones de litros diarios de MTBE; sustituirlo por etanol podría generar ahorros anuales de 13,500 a 24,700 millones de pesos. La preferencia por este aditivo parece responder más a la estructura regulatoria y operativa del mercado que a ventajas económicas o ambientales.

La comparación ambiental también favorece al etanol. El oxígeno de su molécula facilita una combustión más completa y reduce las emisiones de monóxido de carbono y ciertos hidrocarburos no quemados. El MTBE cumple una función oxigenante similar, pero es altamente soluble en agua, persiste en los acuíferos y resulta difícil de remover. Por estos riesgos, fue retirado en Estados Unidos y Canadá. Esta diferencia ayuda a explicar por qué varios de los mayores mercados de gasolina prefieren el etanol.

Estados Unidos, Brasil, Canadá y la Unión Europea han adoptado el etanol por razones técnicas, ambientales y económicas. En Estados Unidos son habituales las mezclas E10 y E15; Brasil exige E27 y dispone de vehículos flex capaces de operar con E100. Estas políticas reducen emisiones, reemplazan el MTBE, fortalecen la seguridad energética, impulsan cadenas agroindustriales y mantienen la compatibilidad con la flota vehicular. México, en cambio, capta apenas 3.3% de las exportaciones estadounidenses de etanol, frente a 5.0% en 2020, señal de un mercado aún marginal.

La experiencia internacional muestra que el mercado de etanol depende menos del tamaño de la demanda de gasolina que de una política de mezcla capaz de generar un consumo estable. Estados Unidos utiliza 152 millones de litros diarios, equivalentes a 10.7% de su demanda; Brasil, mediante E27 y etanol hidratado, eleva la participación hasta 45% del combustible del ciclo Otto. En ambos casos, la regulación brinda certidumbre, impulsa infraestructura y organiza la oferta.

India y Canadá muestran que una política consistente puede ampliar el uso del etanol bajo condiciones agrícolas y logísticas distintas. India alcanza 29 millones de litros diarios y tiene una meta de E20, mientras Canadá combina regulación federal y mandatos provinciales para acercarse a 6% de la mezcla. China presenta un volumen mayor, pero su programa parcial representa apenas 3% de la demanda nacional de gasolina; Indonesia conserva un esquema piloto y Japón incorpora contenido renovable mediante ETBE. Rusia y Arabia Saudita continúan utilizando MTBE para elevar el octanaje. Estos casos confirman que el volumen aislado no determina el desarrollo del mercado: también importan la mezcla vigente, la cobertura territorial, las obligaciones regulatorias y el peso real del etanol frente a la demanda.

México mantiene una posición débil: utiliza 0.4 millones de litros diarios, apenas 0.3% de su demanda de gasolina. Aunque permite mezclas con etanol de hasta E5.8 fuera de las tres principales zonas metropolitanas, su uso es voluntario y predominan el MTBE y el TAME. La brecha frente a otros países refleja falta de certidumbre regulatoria, infraestructura, contratos de largo plazo y coordinación con la producción agroindustrial.

Este rezago no es una discusión reservada a especialistas. Tiene efectos sobre el costo de los combustibles, la dependencia de importaciones y la capacidad del país para atraer inversión industrial. Mantener un mercado sin señales claras desalienta nuevas plantas, limita los contratos con productores agrícolas y prolonga el uso de aditivos fósiles importados. Para el consumidor, la falta de competencia entre oxigenantes reduce las posibilidades de contar con combustibles mejor formulados y cadenas de suministro más diversificadas. Para las regiones agrícolas, significa perder una oportunidad de transformar materias primas y residuos en empleos, ingresos e infraestructura. El costo de no decidir se distribuye entre toda la economía.

La discusión debe traducirse en una política comprensible y evaluable por la sociedad. El público necesita conocer cuánto cuesta mantener el modelo actual, quién responde por los resultados y qué beneficios concretos ofrecería la transición. Sin transparencia, cualquier reforma perderá legitimidad; con información clara, podrá convertirse en una decisión nacional compartida.

No existe evidencia concluyente para afirmar que el uso informal del etanol sea la causa principal de la adulteración de gasolina en México. CIEFSA ha señalado que, hasta 2025, se habían identificado mezclas con 70% de gasolina base, 20% de naftas y 10% de alcoholes, adicionados para recuperar el octanaje que puede disminuir con la incorporación de naftas. Sin embargo, esa composición no identifica el tipo ni el origen de los alcoholes utilizados. El producto podría haber sido adquirido formalmente y desviado de su destino, o haber ingresado sin registro aduanero. Por tanto, ese 10% describe la composición estimada de una mezcla irregular, no la participación del etanol clandestino en el mercado nacional. Además, la incidencia de adulteración ha disminuido: la CNE reportó en septiembre de 2024 un nivel de 30%, mientras que la estimación sectorial para 2026 la sitúa en 10%. La mayor vigilancia, las restricciones a la importación y los operativos contra el mercado ilícito han reducido la escala de la adulteración frente al volumen formal y al consumo nacional.

La ruta debe ser gradual y verificable: establecer metas regionales de mezcla con controles de calidad y trazabilidad; evaluar el paso hacia E10 según disponibilidad, logística, compatibilidad vehicular y precios; y fortalecer la producción nacional mediante proyectos agroindustriales y plantas de segunda generación con criterios de sostenibilidad. Así, el mercado formal podrá crecer sin confundirse con la adulteración de combustibles.

Actuar no significa imponer una sustitución inmediata ni ignorar los riesgos. Significa fijar objetivos públicos, medir resultados y corregir la política con evidencia. México puede avanzar sin comprometer la calidad de la gasolina ni la seguridad alimentaria si vincula cada etapa con la disponibilidad real, el desempeño vehicular y la sostenibilidad. Lo urgente es abandonar la indefinición: un mercado previsible permite invertir, innovar y exigir cuentas; uno ambiguo solo conserva la dependencia.

En síntesis, el etanol no es una solución marginal ni un problema asociado por definición con la informalidad: es una herramienta energética que México mantiene subutilizada. Las importaciones actuales, la escasa producción nacional y el límite de E5.8 para la mezcla voluntaria impiden aprovechar plenamente sus beneficios, mientras el país sigue dependiendo de un oxigenante fósil más costoso y ambientalmente riesgoso. La experiencia internacional confirma que el cambio exige regulación estable, infraestructura y oferta confiable. El debate, por tanto, ya no debe centrarse en si México puede incorporar más etanol, sino en cuánto tiempo está dispuesto a seguir pagando por no hacerlo. Una transición ordenada hacia mezclas mayores puede reducir costos, mejorar el desempeño ambiental y convertir la demanda de combustibles en inversión agroindustrial y seguridad energética. La inacción también es una decisión, y hoy es la opción más cara.

Autor: Ramses Pech – Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos